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Una piel sensible se caracteriza por una hiperreactividad, mayor permeabilidad o debilidad de la función barrera y un menor umbral de tolerancia. Ello desencadena una rápida y excesiva respuesta inflamatoria que puede dar sensación de picor, hormigueo, tirantez, escozor, irritación, quemazón intensa y local, sequedad, prurito y en la aparición de enrojecimiento o eritema intermitente; pudiendo llegar a transformarse en permanente y en la formación de pequeños capilares dilatados o arañas vasculares que se hallan habitualmente en la zona central del rostro.

Los problemas vasculares son evolutivos y pueden llegar a ser crónicos: flushes (sofocos), eritema (eritrosis), mallas telangiectasias, cuperosis, rosácea y rinofima. Las rojeces pueden aparecer por múltiples factores físicos, químicos y/o biológicos: polución, cosméticos, intervenciones dermatológicas, eritemas por radiación UV, situaciones de estrés y nerviosismo, algunos alimentos con especias, el alcohol, cambios medioambientales y por estímulos térmicos, neuronales o medicamentosos.

Además, la debilidad de la función barrera de las pieles sensibles, reactivas o delicadas favorece la deshidratación de la piel y la penetración de agentes potencialmente irritantes. La barrera hidro-lipídica está, en por lo tanto, desequilibrada.

Asimismo, parece que las pieles intolerantes tienen una secreción excesiva de ciertos neurotransmisores a través de las terminaciones nerviosas superficiales, así como de citoquinas que promueven los procesos inflamatorios. Las pieles sensibles e intolerantes se caracterizan, además, por una sobreproducción de radicales libres.

Hay 2 tipos de inflamación: la inflamación inmunogénica y la inflamación neurogénica de la piel. La primera está causada por substancias externas (polen o polución). La segunda está provocada por el sistema nervioso como el estrés.

La hipersensibilidad puede tener diferentes grados. Mientras más sensible sea la piel, más bajo es su umbral de tolerancia. En el caso de una piel sensible, las reacciones se presentan de manera transitoria y esporádica. En el caso de una piel intolerante o reactiva, las reacciones son más frecuentas o casi constante con un umbral de tolerancia mínimo.

El fenómeno de piel sensible es realmente frecuente, pues afecta a 1/3 de la población adulta, sobre todo en mujeres. Algunas pieles, además, tienen mayor predisposición a la sensibilidad que otras, debido a factores familiares y genéticos. Una piel sensible puede ser, también, una manifestación clínica de alguna patología del rostro, como rosácea, eczema o dermatitis seborreica, por ejemplo.

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